martes, 23 de marzo de 2010

PRIMICIAS DE LA PINTURA EN CUBA. Rafael Pérez González.




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Parroquia, Santa Cara, Villa Cara, 18 de FEBRERO del 2010 (FCP). Entre los siglos, XVI al XVIII, no hubo luz que iluminara las artes, en aquella obscura y retrógrada época colonial. La metrópoli en su afán de bienes materiales, no pensaba en estimular las aptitudes de los criollos en formación. Las cosas empezaron a cambiar, en las postrimerías del siglo XVIII, después de la toma de La Habana por los ingleses.



Carlos III, durante su reinado, renunció a los beneficios que le aportaba el monopolio comercial de América. Destellos de luz comenzaron a llegar con las inmigraciones francesas, que huyeron de la isla haitiana. Estos extranjeros, laboriosos y mejores agricultores, acarrearon sus conocimientos técnicos del cultivo para lograr mejores cosechas.



La Habana, pobre, sin adornos, era el único lugar donde los hacendados podían gastar sus ganancias. Las casas techadas de guano empezaron a desaparecer y las reconstrucciones de las fortalezas del Moro y la Cabaña, junto a las de la Santa Catedral y otras, hicieron empezar a cambiar el aspecto de la misma.



A comienzos, del siglo XIX, se comenzó la erección del palacio de los Capitanes Generales y se residieron en La Habana un grupo de familias ricas, entre las cuales se encontraban, entre otras, las casas de los Condes Calvo, Jaruco, Peñalver, de Bayona y Villanueva. Jóvenes de las mismas viajaron por Europa y Estados Unidos, conociéndose por su fortuna y agrado por las artes.



Estas familias, en la cima de su bienestar económico con refinado gusto producto de su educación, travesías y lecturas, propiciaron el desarrollo de las artes en la época. Así comenzaron las pinturas murales en iglesias, el tallado o la fundición de estatuas, así como la realización de retratos de personas de sociedad, hechos por pintores anónimos o de nombres modestos.



Ellos contrataron los servicios de artesanos que empezaban a ganar prestigio. La familia Bayona contrató a José Nicolás de la Escalera, que pintó imágenes para el colegio de San Felipe, así como para la iglesia de Santa María del Rosario. Este fue el primer pintor cubano cuyo nombre llega hasta nuestros días, se sabe que era mulato, y vivió entre 1737 y 1804.



Se conoce muy poco sobre su existencia, las obras del mismo están casi desaparecidas. Se limitó a pintar santos, vírgenes y motivos religiosos en general. Un cuadro suyo, que llegó hasta nosotros fue La Virgen y el Niño rodeado de corderos, óleo sobre tela, el cual fue donado por los Padres Escolapios, en 1912, al Museo Nacional.



Por otra parte, el Convento de San Felipe donó San Alipio y San José con el Niño, media figura esta, trabajada con óleo sobre cobre y que en 1954 se encontraba aún en el museo antes referido. Posiblemente también hizo y decoró otros altares, además del ya mencionado, así como seguro pintó en interiores de casas solariegas y trabajó en la decoración de ellas.



A comienzos del siglo XIX, trabajó en Cuba el artista italiano, José de Perovani, natural de Brescia, ciudad de Lombardía, sus estudios los hizo en Roma, al trabajar al lado de los mejores maestros. Él, marcó uno de los momentos iniciales de la historia de nuestras Artes Plásticas, se conoce, que en 1806, había terminado tres frescos del altar mayor de la catedral habanera.


Emigró a Norteamérica y se casó en Filadelfia con Juana Gordon Balduari, con quien vino a Cuba. Aquí su trabajo fue fructífero, despertó interés en las artes plásticas. En los periódicos, empezaron a aparecer avisos de maestros que enseñaban pintura, dibujo y decoración. Muchos jóvenes con vocación tomaron este camino, difícil pero lleno de satisfacciones.



Perovani que había andado por casi todo el orbe, conocía las obras del Renacimiento y estaba así, por encima de los frailes, que sólo conocían la pintura religiosa de los conventos y altares. En la Catedral, dejó una Asunción de buena factura, pinto una Cena con los Doce Apóstoles y en la capilla del cementerio Espada en 1810, La Potestad de la Iglesia dada a San Pedro.



Aprendieron el oficio en la fundición de Rage, los primeros habaneros devotos de la escultura y puede decirse, que al lado de José Perovani una gran cantidad de ellos, mulatos y negros se ejercitaron en preparar una paleta, en moler y matizar colores, al seguir las enseñanzas del artista italiano, quien indudablemente tuvo empuje y talento para enseñar a nuestros noveles pintores.













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