jueves, 14 de enero de 2010

1989, ENTRE CERTIDUMBRES E INCERTIDUMBRES, Joaquín Cabezas De León.

La Ceiba, Camajuaní, Villa Clara, 7 de enero del 2010 (FDC). El año 1989 fue un año excepcional, la humanidad conoció la caída del muro de Berlín y con ella la certidumbre de la construcción de una sociedad alternativa, la idea de otra sociedad fue sólo una utopía. La historia vuelve hacer el túnel por donde anda sin destino cierto y a la zozobra, el hombre.

Se vive en un mundo de incertidumbre, si bien la libertad recorrió Europa, se creyó como afirmó Fukuyama, que se había arribado al fin de la historia, cuando en realidad sólo fue euforia y se perdió el sentido crítico. Después la dialéctica de la rebelión reveló nuevos rostros y un mundo que seguía caótico e impredecible.

Al hombre lo aterra la incertidumbre, por naturaleza está habituado a proyectar su futuro. Necesita ser reconocida su dignidad en el espejo de la historia, según François Furet: “La democracia genera, por el solo hecho de existir, la necesidad de un mundo posterior a la burguesía y el capital, en que pudiese florecer una verdadera comunidad humana”.

El comunismo era una ideología fuerte, que brindaba en teoría la posibilidad de moldear la historia. En cambio, el liberalismo es una ideología débil, se proyecta como un método para resolver los perennes conflictos que sólo tendrán soluciones parciales, el liberalismo superó la experiencia del “socialismo real”, pero no la crítica de Marx al capitalismo.

En medio de certidumbre pérdidas e incertidumbres recobradas, con unas izquierdas en retroceso con paradigmas agotados y diluidos en la práctica, en un mundo invadido por la emergencia de la revolución comunicacional, en el orden tecnológico y simbólico unido a la globalización económica. Comienzan los gurús del neoliberalismo a articular un relato legitimador y acrítico.

Se pasó del dogma desacralizado de Marx, a sacralizar las afirmaciones de Adam Smith. Si el comunismo intentó construir un mundo paradisíaco en la tierra, el neoliberalismo propuso también, a partir de una mano invisible que controla el mercado, la construcción de un universo de riquezas infinitas bien repartidas, a otro espejismo en el horizonte.

Decía Octavio Paz: “…la crítica es el epicentro de la modernidad”. Los años 90 fue la década que el neoliberalismo como creencia, no como sistema de ideas, lanzó debates acríticos sobre la realidad y sobre su propio cuerpo doctrinal, satanizó todo lo que no se ajuste a su representación parcial y simplificada de la libertad económica.

El mercado y la democracia, aunque parezcan a simple vista indisolubles, la historia sugiere que tengan una relación virtuosa y se refuercen mutuamente. Una lectura crítica de la realidad, como hace el francés Jacques Attali, manifiesta que entre ellos existe una relación tensionada y “de contradicciones inherentes”, que más que reforzarse, se debilitan.

Plantea Attali que: “la democracia promueve al individuo como ciudadano y la economía de mercado considera al individuo como una mercancía, que puede ser excluida según sus características”. Además continúa Attali: “La economía de mercado acepta y fomenta la desigualdad entre agentes económicos y la democracia, se basa en la igualdad de derechos de los ciudadanos”.

Si la economía impone su lógica, la democracia podrá perder sus valores y se estará ante una dictadura del mercado, que impondrá los derechos económicos corporativos, en detrimento de los derechos humanos individuales. Las sociedades requieren mercados e instituciones públicas, que promuevan fines sociales como la libertad política y la justicia social.

Nadie tiene respuestas últimas ni síntesis totalizadora, que lo reconcilian todo, ni existe principio único que conduzca hasta la solución final de la historia y libere a los seres humanos de toda conflictividad. Cualquier intento por cancelar la dialéctica de la historia, incurre en suprimir la libertad, el mundo es plural y diverso.

Después de 1989, la humanidad, sigue en el túnel y avanza si tener un sentido teleológico, la tecnología abre posibilidades enormes, pero las desigualdades y el deterioro del medio ambiente ponen en peligro la casa de todos. A pesar de la velocidad de la tecnología y de la economía globalizada el futuro es una parcela incierta.

Los gurús fundamentalistas de cualquier color solo tienen dogmas que ofrecer, la realidad es imposible encerarla en esquemas cerrados. Karl Popper favorecía una sociedad abierta: “nuestra compresión es intrínsecamente imperfeta; la verdad última, el diseño perfecto de la sociedad, está fuera de nuestro alcance. Por lo tanto, debemos conformarnos con otra mejor opción”.

Y continúa: “: una forma de organización social, que aunque no es perfecta, pero que se mantiene abierta al mejoramiento. Tal es el concepto de la sociedad abierta: una sociedad abierta a las mejoras en condiciones cambiantes”. Esa es la única certeza de la incertidumbre, estar abierto a la interacción, en construcción permanente.

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