jueves, 13 de agosto de 2009

CUBA: EL PODER Y LA CULTURA (II y FINAL), Joaquín Cabezas De León.

La Ceiba, Camajuaní, Villa Clara, 13 de agosto del 2009 (FDC). Esas paradojas se perciben en el hecho, que el poder comienza a estructurar sus instrumentos de dominación cultural. Las instituciones y eventos socializadores de la cultura, todo un andamiaje donde quedan atrapados o excluidos los artistas y creadores residentes en el estado socialista.

Algo incongruente al fin este proceso, es que contiene un contrasentido, la masificación de la instrucción y por ende de la cultura. Que independiente del lastre doctrinario y de fijación ideológica, Fidel Castro en el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura admite: “Nuestra valoración (del arte) es política”.

Pone al alcance de las grandes mayorías los horizontes de la educación y las “bellas artes” y por consecuencia los efectos positivos que tienen en la formación de un sector con “conciencia crítica”. Algo que logra formar una incipiente intelectualidad cuya función es “criticar” a quienes detentan el poder.

El poder en su entramado de relaciones le tendió una trampa ideológica a la cultura. Mientras que a la vez esa misma cultura con sus modulaciones, mutaciones, enmascaramientos, enfrentamientos y asimilaciones críticas coloca al poder en una perpetua encrucijada.

No es propósito del presente trabajo describir todo el contexto de las disputas entre el poder y la cultura, pero se hace necesario puntualizar aristas de la atmósfera que ha caracterizado la relación pensionada entre el poder y la cultura. El primero con un discurso inmovilista.
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Todo esto ha dejado un saldo que se refleja en la dicotomía existente entre intelectuales “orgánicos e inorgánicos”. Quienes se interceptan, se sobreponen, asumen y reasumen los códigos de un poder, que en su afirmación y laberinto intenta una apropiación cultural acaparadora.

Desconectándose a una parte de la tradición cultural nacional o al minimizar su trascendencia, a la vez que potencia otro segmento de la misma con el propósito de manipulación ideológica. Otro efecto de la relación de conflicto entre el poder y la cultura cubana es la pérdida del sentido insular de la misma.

Iván De la Nuez lo confirma en su ensayo “EL destierro del Calibán”, cuando escribe: “Los cubanos en los últimos 40 años han cancelado el contrato entre una cultura nacional y el territorio, se ha perdido el centro. Y no solo el centro de la cultura producida en la isla, sino también el centro por excelencia dentro del exilio”.

Y prosigue: “Las cosas ya no se reducen a La Habana o Miami, sino que se abre una extensión de espacios productores de cultura con raíces o aristas cubanas, desplazadas desde los antiguos núcleos y opuestas muchas veces, a la determinación territorial de éstos”.

“Esta dispersión generadora de la cultura cubana con sus patrones múltiples y a veces encontrados en propósitos estéticos la enriquece y la vitaliza, reafirmando la imposibilidad de validación cultural del proyecto mismo del poder”, concluye este excelente ensayista cubano exiliado.

En cambio, el poder totalitario atrapado en su naturaleza, erosionado, ve con pesar y mucho miedo, para decirlo en términos de Hanmah Arendt: “La disolución total de sus estructuras de poder en la base social y la aniquilación de las condiciones de una posibilidad de su reconstrucción”.

Ese poder y su discurso apologético están, no en la perenne encrucijada que le tendió la cultura como ente independiente y autónomo. Sino en una dicotomía propia y algo más compleja, pues aquí todo se circunscribe a un contexto político-social mucho mayor, que es la de su propia existencia.


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