jueves, 22 de octubre de 2009

EL ACORAZADO MAINE, Rafael Pérez González.


Parroquia, Santa Clara, Villa Clara, 17 de septiembre del 2009 (FDC). Retirado Valeriano Weyler de la escena cubana, el Reino de España envió al general Don Ramón Blanco para sustituirlo. A este militar se le encargó establecer un gobierno autonómico en la ínsula sublevada.

Este se implantó a partir del 1ro de enero de 1898, lo que provocó serios disturbios e incluso, el 13 de enero de ese propio año, el defenestrado Weyler resultó aclamado y se dieron gritos de: “…muera la autonomía”. Esto proveniente de los voluntarios pro españoles y algunos oficiales del ejército.

Tales desafueros los puso en conocimiento de su gobierno el cónsul americano Mr. Lee, que era partidario de la independencia de la isla. Este decidió enviar un barco de guerra al puerto de La Habana, un hecho que despertó una tempestad de protestas e inútiles fueron las declaraciones del gobierno de Washington de que la visita era amistosa.

Se hizo indispensable aceptar como forma de cortesía, el recibir un barco español en el puerto de New York. El mismo cónsul Mr. Lee creyó prudente aconsejar que se dejase para más adelante el envió del navío. Pero ya era tarde y el acorazado Maine, uno de los mejores buques de los Estados Unidos de América fue enviado a la capital cubana.

Entró al puerto habanero, el 25 de enero, a las 11 de la mañana. Este buque fue construido en 1890, era de acero y tenía una eslora de 94 metros y manga de 17 y 7 metros de calado. El desplazamiento era de 6,682 toneladas y su poderosa maquinaria de 9,293 caballos lo podía hacer andar a una velocidad de 17.5 nudos.

Portaba la nimiedad de 30 cañones, 4 de ellos de 25 centímetros y 7 tubos lanzatorpedos, tenía una reserva de carbón de 822 toneladas. Su tripulación la componían 34 oficiales y 379 hombres, al frente del mismo estaban el comandante Mr. Charles Dwigh Sigsbee y segundo comandante R. Wainwglis.

El 15 de febrero de 1898, La Habana fue sorprendida a las 9:40 de la noche, por una explosión, seguida de otras más fuertes, todas en dirección de la bahía. Hacia allá corrió llena de pánico, una gran parte de la ciudadanía. Allí dentro del agua, el acorazado de segunda clase de la Marina de Guerra de los Estados Unidos “Maine”, ardía en una inmensa pira.

La catástrofe fue horrenda murieron dos de sus oficiales y 264 marineros. Se salvaron de la misma el capitán del barco con la mayoría de los oficiales que estaban, unos en La Habana en una comida y otros de visita en el vapor norteamericano “City of Washington”.

Don Ramón Blanco, el Marqués de Peña Plata, acompañado de su estado mayor y de autoridades civiles contemplaron desde el balcón central del Palacio de los Capitanes Generales el entierro de las víctimas. Inmediatamente se dividieron las opiniones con respectos a las causas de la explosión y se cuestionó si la misma fue externa o interna.

Influyentes periódicos norteamericanos acusaron a España, de ser la responsable de la catástrofe. La opinión pública norteña ya estaba indignada, con motivo de la publicación, el 8 de febrero del propio año, por el diario hispanófobo el “New York Journal”, dio a conocer una carta confidencial de Enrique Dupuy de Lome, ministro de España en Washington.

Este la había escrito a su amigo el político José Canalejas, que se encontraba a la sazón en La Habana. En dicha misiva insinuaba la iniciación de negociaciones para entretener y engañar a los más altos funcionarios norteamericanos y calificaba al presidente de los Estados Unidos de débil y populachero.

Los yanquis realizaron una última gestión, por la que se pedía un armisticio y ofreció interceder para obtener la paz entre los patriotas cubanos y el gobierno español, este último se negó rotundamente. Así cesaron las relaciones diplomáticas entre ambos países, el 21 de abril, a lo que siguieron la ruptura de hostilidades entre ambos.

Estas comenzaron al aparecer en horas de la tarde, del 22 de abril, porque la escuadra norteamericana se plantó frente a la bahía habanera y la de Santiago de Cuba. Así fue, como los disturbios protagonizados por los más fieles servidores de la política colonialista española en La Habana, desencadenaron lo que daría al traste con el dominio colonial de Cuba.

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