jueves, 29 de octubre de 2009

RITMOS DE LOS DESARRAIGADOS, Rafael Pérez González.


Parroquia, Santa Clara, Villa Clara, 1ro de octubre del 2009 (FDC). El abyecto colonialismo español arrancó miles de almas que moraban en absoluta libertad en sus tierras, para traerlas a la mayor de las antillas, a vivir sin libertad y sometidos a uno de los regímenes más brutales que recuerda la humanidad; la esclavitud. Junto con ellos además de sus anhelos, recuerdos de su tierra, trajeron además sus costumbres cantos y bailes.

Durante siglos conservaron muchas de ellas, en aquella sociedad, que aunque los retenían como fuente de sus riquezas, los despreciaban y consideraban ineptos para determinados oficios y profesiones. En 1827, en La Habana de entre los 16 520 varones blancos consagrados a oficios diversos, habían 44 músicos.

Por otra parte, entre los 6 754 varones de color, libres en igualdad de condiciones, había 49 músicos, o sea proporcionalmente tres veces más. José Antonio Saco escribió entonces: “Las artes están en manos de la gente de color…” y argüía además: “…ellos han alejado de las artes a la población blanca”. Se les encomendaban solo los oficios de su “condición”.

Desprecio fue el trato dado por el amo al esclavo y pronto empezó a mirar del mismo modo sus ocupaciones. Pero otras razones alejaban al blanco de la música, en primer lugar los prejuicios de una sociedad colonial, que destinaba sus hijos a la judicatura, medicina, iglesia, carrera de armas o a falta de algo mejor a la administración pública.

Para el negro, el problema era diferente. Estándole vedadas las ocupaciones citadas, la música constituía una profesión estimable. Podía compartir la práctica de ella con un oficio manual. Como no le era dado ejercer en la catedral de La Habana, por su raza, entonces ¿Qué camino quedaba al músico negro, cuando una compañía teatral, de tránsito, no solicitaba sus servicios?

Era “El Baile”, que los criollos de principios del siglo XIX alentaban, por constituir su diversión preferida. Se mezclaban así, las danzas españolas, francesas y mestizas, para dar origen a los giros y ritmos nuevos, que darían a la música cubana un carácter peculiar. En 1798, el cronista Buenaventura Ferrer estimaba, que había en La Habana unos 50 bailes públicos cotidianos.

Estos ocurrían en casas de varios cuartos, la zambumbia, el Agua de Loja y la sangría, sostenían el ardor de los concurrentes. Concluidas las danzas serias, comenzaban las contradanzas, que eran novedad desde la llegada de los franceses a Santiago de Cuba. “A la tercera los bailadores habían dexado a un lado todo juicio y cordura”, apuntaba el diario Regañón de La Habana.

Las mulatas eran las reinas de estos bailes populares. No escaseaban los jóvenes criollos de familias acomodadas, los cuales sin empacho se rozaban con la gente de color y tomaban parte en su diversión, unos por mera afición, otros movidos por motivos menos puros. Pues ellos estaban privados de hallar amantes en el estrecho círculo de la sociedad colonial de la época.

Así, el hijo de familia buscaba la satisfacción de sus deseos en el mundo de las hijas y nietas de los esclavos, que habían cimentado su fortuna olvidándose por unas horas la “inferioridad” de la gente de color. Lo que no debía verse en el coro de la iglesia, bien podía servir para íntimos esparcimientos.

Esto es interesante, pues explica una fase del mestizaje de ciertas danzas salonescas, por hábitos traídos de “abajo a arriba”, de la casa de bailes a la señorial. Es importante señalar que en, 1856, en un baile de etiqueta, en Santiago de Cuba, en honor del General Concha, los aristócratas de la ciudad bailaron, parte de la noche, a los ritmos de una contradanza titulada “Tu madre es conga”.

Y es que estos jóvenes de calesa, chistera y leontina, que concurrían a las casas de baile, hallaban en el modo de tocar de las orquestas de negros un carácter único, por su fuerza rítmica que no tenían otras de mayores pretensiones. Ciertas contradanzas gustaban más, cuando las tocaban los pardos.

Ambas razas tocaban las obras populares, pero los negros les añadían un acento, una vitalidad y un algo no escrito que “levantaba”. Gracias a ellos comenzaban a insinuarse en los bajos del acompañamiento de las contradanzas francesas principalmente, acentos desplazados de graciosas complicaciones y “maneras” de hacer que creaban un hábito y originaron una tradición.

El baile popular de principios del siglo XIX, fue el crisol donde se fundieron, al calor de la invención rítmica del negro, los aires andaluces, los boleros y coplas de la tonadilla escénica y la contradanza francesa, para originar cuerpos nuevos. Así fue, como esas costumbres y tradiciones importadas a la fuerza, contribuyeron a la formación de la nacionalidad cubana.

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