jueves, 3 de diciembre de 2009

NI DIVIDIDA NI SILENCIADA III, Carlos Valhuerdi Obregón.


Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 12 de noviembre del 2009 (FDC). Es política de la Santa Sede, el silencio ante acontecimientos como estos, en la que los hijos de la Santa Madre Iglesia sufren persecución, esto se hace para evitarles peores consecuencias a los que se encuentran en situaciones tan críticas, así lo explicaba el Papa Juan Pablo II en el “L'OSSERVATORE ROMANO”, a la caída de la Cortina de Hierro de la Europa oriental.

Les pedía perdón en ese periódico y les manifestaba el sufrimiento que este silencio había ocasionado a los Romanos Pontífices, que tenían a esos hijos tan amados prendidos del alma y recordados en sus constantes oraciones. Cuba, sin que lo digan está en esa situación (1Co4, 10-13). Las relaciones diplomáticas con el Vaticano son normales, pero no es así con la Iglesia local.

La secuencia cronológica de los documentos del Episcopado cubano se interrumpen a partir del año 1961, cesan los mensajes de los Obispos: “No es difícil reconocer que a medida que la Revolución se fue institucionalizando, desaparecieron los espacios y los medios que en tiempos anteriores hicieron posible que la voz de la Iglesia fuera pronunciada, conocida y respetada”.

A este propósito se han expuesto consideraciones diversas acerca del silencio de la Iglesia en Cuba durante la Revolución. No siempre se distingue entre el silencio elegido y el impuesto. Analistas no han logrado sustraerse del simplismo inherente a los prejuicios y tomas de posición determinadas más por emotividad, posturas ideológicas, políticas, que por racionalidad.

“No parece justificarse la impugnación del silencio en aras de un deseado compromiso más audaz, sobre todo cuando se pierde de vista que para la Iglesia, durante estos años, el silencio ha sido y es, también su lenguaje. Lenguaje que disiente o reprueba, contesta o denuncia, impide o previene. Además es preciso suponer que no todas la palabras dichas pueden ser conocidas”

A pesar de todo lo antes expuesto en el libro “La voz de la Iglesia en Cuba”, la Iglesia cubana tuvo la desdicha de ser representada en la “Diplomacia Vaticana” por el primero, Encargado de Negocios, después Nuncio Apostólico Monseñor Cesare Zachi que: “Evidentemente logró suavizar las relaciones: Iglesia-Estado cubano, pero a costa de cortocircuitar a los obispos…”.

Lo hizo: “Para que se mantuvieran al margen, canalizaran sus peticiones y necesidades a través del inasible Zachi”, que con falsas expresiones calmaba la opinión pública internacional, mientras la Iglesia de Cuba sufría persecución y martirio. Después de él, las relaciones diplomáticas con el Vaticano pasaron a nivel de Pronuncio Apostólico.

Desde la Convención Internacional, celebrada en Austria, conocida como el “Congreso de Viena”, en 1815, es costumbre que el embajador del Papa, ante los demás países del orbe, tengan la prerrogativa del decanato del Cuerpo Diplomático, particularmente en los de mayoría católica. Aquí no fue así, hasta principios de los años 90, en que nombraron un nuevo Nuncio Apostólico.

Por Zachi y en virtud de la obediencia a la que los Obispos están obligados, escribieron un comunicado, del que siempre se han arrepentido por lo poco profético para la realidad cubana del momento. El presbítero Armando Tomás Pérez Rodríguez, tuvo una visión inspirada y de fundamentación sociológica, por lo que les escribió una carta.

En ella decía: “Mi desesperación es terrible, mi propósito (ustedes) lo saben, era regresar para morir, si era necesario con lo que yo consideraba mi Iglesia. Romperlo me costó mucho. Resistí la polvareda del Comunicado de los Obispos, del 19 de abril del 1969. Desde luego no positivamente, pero se trataba de la Iglesia”.

“Escribí una respuesta de 44 páginas al Comunicado y le di una copia a cada firmante. Lógicamente nadie me hizo caso. No era mi único interés que la leyeran sino que constatara para el futuro, que yo no había sido cómplice del genocidio. Desgraciadamente todo lo que decía allí, se ha cumplido, mis predicciones no tienen valor: bastaba conocer y reconocer el Anticristo”.

En Cuba, hay una Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido Comunista, que dá seguimiento a toda denominación religiosa cristiana o no, radicada en el país, incluye los Testigos de Jehová, Hebreos, Cultos Africanos, Espiritistas, Adeptos de la Fe Bahai y a los no aceptados aún, seguidores de Sai Baba.

Aunque existe esta entidad de atención a las cuestiones de índole religiosa, paradójicamente la Iglesia Católica que peregrina en tierra cubana, es atendida protocolarmente, no por esta, sino por el Ministerio de Relaciones Exteriores. En actividades importantes entre la Iglesia y el Estado, es el propio Ministro de Relaciones Exteriores o su a adlátere, el que representa al Estado.

A principios de los años 70, del pasado siglo, trataron de penetrar la Iglesia, a través de una nueva forma, sacerdotes manipulados o chantajeados, junto a seminaristas al servicio de la Seguridad del Estado, que al ser descubiertos fueron expulsados de ella. Esto constituyó una dolorosa y didáctica afrenta para la Iglesia cubana.

Por todo lo expuesto, se demuestra que la Iglesia cubana ha sido devastada, pero nunca la han podido aniquilar y mucho menos dividir. Ella siempre ha estado al lado de su sufrido pueblo, su voz se ha levantado cuando hundieron el “Trasbordador 13 de marzo”, al crearse las Brigadas de Respuesta Rápida y cuando arreciaron los Actos de Repudio.




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