jueves, 17 de diciembre de 2009

NI DIVIDIDA NI SILENCIADA VI Y FINAL, Carlos Valhuerdi Obregón.


Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 3 de diciembre del 2009, (FDC). Continuaba su llamado a la reconciliación y a la paz cuando expuso: “El bien común de la Nación se alcanza con la participación de todos los cubanos, los de la isla y los del exilio. El aporte de diversas ideas e iniciativas constituye una riqueza y es un derecho reconocido a todo ciudadano…. Podemos ser incomprendidos por todo lo expuesto…”.

La incomprensión vendrá: “…por quienes tienen poder de decisión o de influjo, pero la Iglesia no puede alinearse simplemente a políticas de gobierno o a corrientes de opinión cuando se trata de defender la verdad y en plena fidelidad a la misión que Jesucristo le ha confiado: ser fermento de unidad y de paz en el mundo”.

De gran significación profética para la Iglesia cubana fue la visita de Juan Pablo II, del 21 al 25 de enero de 1998, jornadas todas ellas, cargadas de verdaderas denuncias a las violaciones de los Derechos Humanos y a la falta de libertad en la isla. Invitó el Papa a que Cuba se abriera al mundo, a no tener miedo de aceptar a Cristo, ni a la reconciliación nacional.

Dijo en La Habana: “El Espíritu del Señor me ha enviado para anunciar a los cautivos la libertad… para dar libertad a los oprimidos” (Lc.4, 18). El pueblo cubano está carente de libertad, se le ha privado de información o se le ha ofrecido manipulada, el miedo prolongado por el sistema imperante, provocado por una violencia a veces sutil, condiciona una sociedad enfermiza.

Estas situaciones de violencia ejercidas por el régimen, producen sentimientos de impotencia, indolencia, apatía, pereza, desesperanza, con desequilibrios psíquicos y pérdida de autonomía y constituyen una forma de Terrorismo de Estado. Con el fin perpetuarse en el poder, pues mentira y desinformación van de la mano, del temor a perder lo poco que se tiene e ir a la cárcel.

Han sido estas, prácticas comunes en el fascismo y el comunismo, también en los gobiernos militaristas. Al respecto, desde Santiago de Cuba, el Santo Padre hizo referencia a su Encíclica, Redemptoris missio, al decir: “La Iglesia está llamada a dar su testimonio de Cristo, asumiendo posiciones valientes y proféticas ante la corrupción del poder político o económico”.

En La Plaza Cívica José Martí, al citar su Encíclica, Centesimus annus, ratificó: “Defendiendo su propia libertad, la Iglesia defiende la de cada persona, la de las familias, la de las diversas organizaciones sociales, realidades vivas, que tienen derecho a un ámbito propio de autonomía y soberanía”. El pueblo entonces empezó a pedir Libertad a gritos, que represores trataron silenciar.

El Cardenal Renato Martino, presidente del Consejo Pontificio “Justicia y Paz”, enviado del Vaticano en las Naciones Unidas, definió la violencia: “…. como toda fuerza arbitraria para imponer la voluntad propia, para alcanzar ciertas metas en el orden sociopolítico y motivadas por la injusticia, provoca una agresividad colectiva e instintos de rebeldía”.

Según la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), las diferentes formas de violencia se pueden agrupar en torno a los bienes y derechos conculcados: “El bien de la vida (genocidio, aborto, eutanasia, pena de muerte y suicidio). La integridad de la persona (torturas corporales o mentales y la manipulación de las conciencias)”.

Considera también violencia la DSI: “Las afrentas a la dignidad humana (condiciones de vida infrahumanas, encarcelamientos arbitrarios, explotaciones y salarios miserables). Además de la violación al derecho de disenso y oposición (toda forma de intolerancia, desprecio, marginación, persecución de los adversarios).

En Cuba ser libre, es un reto al valor, los nacionales tienen que enfrentarse a múltiples condicionamientos preestablecidos: No existe la libertad de expresión, La prensa en manos del gobierno es una falacia. Hay un temor oficial prohibitivo de las Nuevas Tecnologías de la Informática y las Comunicaciones, fundamentalmente Internet.

Para un régimen totalitario es imprescindible que desinformación y terror vayan unidos, garantiza su permanencia. Junto al bloqueo interno, que anula toda iniciativa y creatividad por la forzosa colectivización, falta de pluralismo en una sociedad civil deshecha. La manipulación de conciencia y adoctrinamiento es reforzada por medios de comunicación subliminales.

Conduce esto, al desprecio incitado por los dirigentes, hacia quienes han optado por la oposición pacífica, acusados de apátridas, perseguidos, calumniados, amenazados ellos y sus familiares. Golpeados, ofendidos en las calles, por personas, que aunque piensan como ellos, son coaccionados por el partido y la Policía Política a actos tan vandálicos, por temor al desempleo.

Obsesionados por una posible invasión, ven en toda crítica a un enemigo, mercenario o espía, sus fantasmas no les permiten sosiego y van de una manifestación en otra, manipulan sentimientos de recuerdos dolorosos. Intentan controlar el descontento nacional con amenazas o confinamientos a los diversos grupos de opositores y periodistas críticos del gobierno.

La Iglesia cubana ha denunciado, en reiteradas ocasiones, por medio de sus Obispos, todas estas situaciones, basándose fundamentalmente en el Evangelio, en la DSI, las Encíclicas Papales y la Comisión Episcopal “Justicia y Paz”. Muchos han sido y son los sacerdotes, que con valentía denuncian las injusticias del totalitarismo.

No obstante, como dijo el Señor en (Lc 19, 40): “si estos callaran, las piedras clamarían” y es lo que pasa hoy en Cuba, con dignos sacerdotes, que tratan por todos los medios de poner remedio al daño antropológico, sufrido por el pueblo cubano. No se puede olvidar al osado padre José Conrado Rodríguez, párroco de la iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, en Santiago de Cuba.

Envió José Conrado, sendas cartas abiertas a los hermanos Castro, a cada uno en su tiempo de mandato, invitándolos al cambio pacífico. También los laicos católicos se han pronunciado en su momento en las Revistas Diocesanas como Dagoberto Vadés, otros de acuerdo a sus dones, en pinturas, esculturas, cine, teatro y hasta como periodistas.

A pesar de las prohibiciones, calumnias, persecuciones, coacciones y afrentas, la Iglesia cubana sigue inquebrantable, fiel a la misión profética encargada por su Señor y Maestro, que es el mismo ayer, hoy y siempre. Unida a su pueblo, para alzar su voz y defender a los amordazados, a tantos hombres y mujeres de este pueblo, cuyos derechos les han sido pisoteados.

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