jueves, 3 de diciembre de 2009

PANDEMIA A LA VILLACLAREÑA, Joaquín Cabezas De León.


La Ceiba, Camajuaní, Villa Clara, 19 de noviembre 2009 (FDC). Ramón el hijo de Mongo Oliva llevaba varios días con catarro, ahora le llaman según los especialistas Gripe Estacional y por este no iba al médico. “Estos catarritos se me quitan con cualquier cosa, ¿Sabes cuántos he pasado yo con un poco de limón, aspirina, miel y dos tragos de ron y desaparecen?”, manifestaba jocoso.

Pero lamentablemente no fue así, después de varios días de tratar de quitárselo por cuenta propia se personó en el policlínico de Camajuani. Al llegar al Cuerpo de Guardia, le manifestaron que los casos de posible virus de Influenza A H1N1 se atendían en una consulta destinada al efecto, donde se encontraba personal adiestrado para combatir la pandemia.

Al frente de la consulta estaba ese día el doctor Magdaleno Mesa, este le manifestó: “Parece que tienes una severa inflamación pulmonar y te pusiste de suerte, porque solo sacan 5 placas de Rayos X por días y me queda una”. Al analizar el resultado de la radiografía lo remitieron para el hospital provincial universitario “Arnaldo Milián Castro”.

Gracias a la ayuda de un amigo, pudo trasladarse hacia Santa Clara, porque no había ambulancias disponibles y el viernes 30 de octubre, a las 11. 25 p.m. lo ingresaron en la sala Cirugía – C. Que había sido remozada para recibir los posibles casos de la pandemia. Junto a otros 31 pacientes con sospecha de padecer la misma.

Básicamente el tratamiento consiste, en aplicarle dos antibióticos al día de Rosefin y dos tabletas de un retro-viral nombrado Tamiflur, el mismo que se utiliza con los enfermos de SIDA. La sala estaba completamente aislada y todos tenían que usar nasobucos. El protocolo del tratamiento duraba 5 días, que lo extienden según la evolución del paciente.

El jefe de la sala es el doctor Richard, un medico muy profesional, que pasaba revista toda las mañanas junto a los residentes, que eran de países latinoamericanos, como dice el refrán: “Candil de la calle y oscuridad de la casa”. Lo más deprimente es el servicio de enfermería compuesto básicamente de enfermeros emergentes, de muy poca edad y experiencia laboral.

Dice Ramón, que en el hospital se comentaba que las autoridades sanitarias cubanas, esperaban un incremento de los enfermos de influenza en estos meses de invierno y las medidas pudieran ser insuficientes. La población comienza a atemorizarse, pues el impacto puede ser impredecible y el sistema de salud cubano se encuentra muy erosionado e ineficiente.

La estrategia es aplicar a los enfermos el tratamiento y al final el paciente no conoce, si padeció la enfermedad o fue solo gripe estacional, porque los resultados se realizan en el Instituto de Medicina Tropical “Pedro Kourí” y son ocultados. En las anotaciones al egreso se argumenta un siempre “presuntivo” virus de Influenza A (H1N1).

A Ramón le dieron el alta médica a los siete días, se ha convertido en un asmático bronquial. Él duda de las estadísticas médicas cubanas, al final ningún facultativo le aseguró, cual había sido su padecimiento, pero bueno salió con vida y conoció en carne propia, como son los hospitales en Cuba, locales que tienen de ángel y demonio.

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